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Hoy los que escibimos poesía estamos de luto.
 

Es uno de tantos poemas que más me gusta de él. Con el quiero que quiero despedir a este gran poeta de la libertad.

 

 

        Ya nada ahora

   Largo es el arte; la vida en cambio corta      

 como un cuchillo 

 Pero nada ya ahora     

 -ni siquiera la muerte, por su parte 

 inmensa-     

 podrá evitarlo: 

 exento, libre,    

 como la niebla que al romper el día 

 los hondos valles del invierno exhalan,     

 creciente en un espacio sin fronteras,     

 este amor ya sin mí te amará siempre. 

 

Ángel González

 

 
 

Muere Ángel González, maestro de la ironía y poeta del testimonio y la nostalgia.

 

El poeta Ángel González (Oviedo, 1925) falleció ayer en Madrid, donde residía desde su regreso de Nuevo México. Murió en una clínica en la que había ingresado el miércoles a causa de una afección respiratoria y acompañado de su esposa, Susana Rivera, y rodeado de los amigos más próximos. Ángel González tenía 82 años y echaba de menos su juventud, a pesar de haber vivido entonces un tiempo amargo que supo exprimir con inteligencia hasta transformarlo en poesía.

Ángel González se dio a conocer como poeta tardíamente. La suya fue, como diría Emilio Alarcos, «una manifestación tardía de una vocación temprana». Componía versos desde pronto, pero lo hacía para sí mismo, y fue el también poeta ovetense Carlos Bousoño quien le animó a publicar. Así nació «Áspero mundo» (1956), un primer poemario en el que se puede apreciar, contra lo que sucede en poetas primerizos, una gran madurez. Será la suya una poesía de aparente sencillez, pero tras la que se oculta el «producto de un lento, demorado y vigilante trabajo, en el que el chorro inicial ha pasado por espesos y meticulosos filtros para que quede sólo lo esencial». Así la describe Alarcos, que más adelante habla de esa ironía tan presente en sus versos.

Valoraciones similares se escucharon durante la última comparecencia pública de Ángel González en Oviedo, la de su investidura como doctor honoris causa de la Universidad, donde rodeado de amigos pasó uno de los días más felices de su vida. Fueron tantos los elogios que recayeron en su persona aquella tarde del 3 de diciembre -hace poco más de un mes- que el propio Ángel González, un tanto abrumado, se vio obligado a responder. «Están todos equivocados, en el fondo soy un cabrón».

Allí salieron a la luz algunas de las debilidades del poeta. Con un Paraninfo repleto, satisfecho de poder darle la bienvenida a la que debiera haber sido su casa mucho antes, Paco Brines incidió en la transparencia y la precisión de su poesía. «Siempre me sorprendió su aparente sencillez tras la que había muchas horas de trabajo para lograr esa precisión».

Además Brines habló del amigo, del compañero de risas, copas y músicas nocturnas. No fue el único en comentar su buena disposición para la bebida. «Me sorprendió cómo bebía y cómo era inmune a la bebida. Tomando más siempre era uno de los más serenos», apostilló Brines.

Los achaques y las afecciones respiratorias no mermaron las costumbres del poeta, que, aunque echaba de menos su vida noctámbula, seguía agarrado al pitillo y a la copa larga siempre que la ocasión lo propiciaba. Dos querencias que Ángel González compartía con su pasión por la música. Era un poeta que hubiera querido ser músico, como confesó en alguna ocasión.

Su última visita a Oviedo fue para celebrar la llegada de 2008. Aquí, en compañía de su esposa y de Josefina Martínez y su hijo, recibió el nuevo año. Fue sin saberlo una despedida en la que hasta altas horas de la madrugada recordaron y repasaron los años vividos. Al fallecido le gustaba evocar el tiempo perdido en sus visitas a la ciudad donde nació. «Es una especie de vuelta a sensaciones olvidadas, a lo que queda del Oviedo que viví de niño y de joven», manifestaba en una entrevista reciente.

Considerado uno de los poetas más representativos de la llamada Generación del 50, su poesía ha salido de los cauces minoritarios para convertirse en uno de los autores más celebrados de los últimos años. Dueño de un registro poético en el que la ironía, el tono coloquial y la complejidad hecha sencillez dan paso a un verso en ocasiones intimista y susurrante, Ángel González es autor de una obra espléndida que le ha valido numerosos reconocimientos. En ella queda patente, además de la nostalgia, «una manera de pensar», nacida del sufrimiento y «el rechazo de la miseria de aquellos años».
Admirador de Claudio Rodríguez, Blas de Otero, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez, mantuvo siempre un sentimiento de rebeldía hacia la dictadura, a la que combatía clandestinamente.
Consciente de la diversidad poética de cuantos se agrupaban en la llamada Generación del 50, siempre sostuvo que de todos ellos solo Jaime Gil de Biedma y él se habían mantenido en una línea de la poesía urbana, porque estaba convencido de que «la utopía de transformar el mundo» estaba aún vigente.

Hijo de un republicano que murió cuando él tenía 18 meses, estuvo siempre muy marcado por sus experiencias durante la guerra civil y la posguerra. De hecho, «gozó» durante buena parte de su vida, según él mismo decía, de una salud «muy mejorable», quebrantada desde muy joven por una tuberculosis contraída «gracias a la miseria de aquellos tiempos» que le tuvo recluido en las montañas de León durante tres años.

González escribía poco. «Otoños y otras luces», poemas sobre la nostalgia, la elegía al paso del tiempo y la vejez, es su último libro, publicado en 2001 tras nueve años de silencio porque, argumentaba, tenía que sentir la necesidad de escribir y eso no siempre ocurría. En la actualidad trabajaba en un nuevo libro que ya contaba con catorce poemas nuevos, según expresó ayer su amigo el poeta granadino Luis García Montero.

Estudió Derecho y Magisterio y acabó haciéndose funcionario. Vivió desde 1972 en Albuquerque (Nuevo México, Estados Unidos), en cuya Universidad, que le hizo doctor honoris causa en 1997, enseñó Literatura.

«Yo no me fui exiliado», explicaba, «yo me fui harto de la España de la dictadura, que parecía que no iba a acabar nunca». Se quedó en Albuquerque tras la muerte de Franco porque era licenciado en Derecho, «ni siquiera abogado», y en España no podía enseñar Literatura, que era lo que le interesaba, mientras que en Nuevo México sí se lo permitieron.

Empezó a pasar cada vez temporadas más largas en España a partir de su retiro, en 1993, y desde 2003 mantenía un domicilio en Madrid. Aunque uno de sus rasgos más característicos, la ironía, surgió como la forma en la que los poetas de su generación esquivaban la censura franquista, con el tiempo se dio cuenta de que ésta le permitía «decir que sí y que no al mismo tiempo».

Premio «Príncipe de Asturias» de las Letras en 1985 y «Reina Sofía» de poesía iberoamericana en 1996, entre sus títulos figuran «Áspero mundo», «Sin esperanza, con convencimiento», «Grado elemental», «Tratado de urbanismo», «Palabra sobre palabra» y «Prosemas o menos».