Amor furtivo

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Amor furtivo.

 

Hacía tiempo que se veían a escondidas. No sabe si mentía o no, tampoco le importaba mucho. Era plenamente feliz, satisfacía todos sus deseos como nadie y eso era lo que le interesaba de él. Decía que se había enamorado como un chiquillo y le gustaba esa sensación de esperar el día en que pudieran verse. Tal vez por la novedad y la emoción de estar con una mujer prohibida. Él muy sutilmente le inducía al pecado cada vez que quedaban con algún pretexto.  No podían refrenar esa excitación que sentían cada vez que estaban cerca. Tampoco querían hacerlo, aunque ella le comentaba que deberían de dejar de verse ya que no conducía a nada por parte de ella. No podían caminar juntos, como tampoco ir al cine juntos, ni besarse, ni cogernos de la mano. Cosas típicas de pareja. Pero es que no eran una pareja le decía ella y él parecía conformarse con solo el hecho de tenerla de vez en cuando junto a él en una fría habitación de un hotel cualquiera. Tan solo caldeada por el calor que desprendían  sus  cuerpos amándose apasionadamente.

Empezó con cariño, amistad y sexo, aceptado por los dos para pasar sin darse cuenta quemándose ya que poco después él quería y pedía más y ella nadando entre dos aguas no podía sacar más tiempo del que le ofrecía.

 

¿Más? No puedo- dijo ella.

 

Pasaban algunas noches juntos, era todo cuánto ella le podía ofrecer en aquellos momentos y evidentemente no quería hacer daño ni a su marido ni a él. Pero poco a poco se le iba metiendo en sus pensamientos y en su corazón, cautivándola hasta el punto de pensar, solo pensar, en irse con él. Podía haberle amado con toda su alma si él hubiera tenido paciencia, podía haberla tenido a su lado  con solo dejar pasar un tiempo y no ser tan exigente.

Pero la razón dice, que nunca acaba bien lo que mal ha empezado, y ella muy cabal, no quiso que se produjera tal hecho. Tan solo se limitó a quedarme pasiva pensando que hubiera pasado si lo hubiese abandonado todo por aquel hombre. Tan solo días después  tuvo que enterarse que aquel hombre que la amaba tanto, según le decía, olvidaba todo lo vivido inclusive sus propias palabras y se marchaba con otra. Ella siempre se ha preguntado si él en su corazón la ha podido olvidar.

 

Fin.

Amigas hasta la muerte 3

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Vio reflejada la sorpresa en el rostro de aquel desgraciado. Sonrió diciendo que se sentía contento ya que eso era que le había gustado lo que le hacía.

La pobre Isabel no dijo nada más, sería y enfadada se fue hacía su casa impaciente de que llegara la noche.

Ismael como cada noche hacía, le dio un beso a su esposa y se fue al campo. Lola estaba en su casa despierta a la espera de que su amiga hiciera lo que tenía que hacer para ayudarla después.

Así que Isabel se metió en la cama a la espera del desgraciado. Al rato oyó alguien meterse en la cama, le llamo por el nombre de su marido para asegurarse de que no era él.

 

-No. No soy tú marido, soy yo.

 

Isabel con sangre fría dejó que se pusiera encima como tantas noches había hecho el desgraciado sin ella saberlo. Antes de que la volviera a violar le tocó el rostro para saber donde tenía la sien, así que sin decir palabra le clavó una aguja de hacer punto atravesándole la sien de parte a parte dejándole seco en el acto.

Se lo quitó de encima y llamo a su amiga para que le ayudara, entre las dos a duras penas le pudieron trasladar el cuerpo al corral de esta. Corral que servía para plantar verduras y ahorrarse algunas monedas en la compra. Cavaron todo lo más hondo que pudieron.

Acto seguido plantaron semillas de perejil encima e hicieron una promesa las dos amigas de que jamás nadie sabría lo ocurrido con aquel desgraciado.   

Un día por desgracia Isabel y Lola dejaron de hablarse pero Isabel siempre preocupada por si Lola la delataba, salía a su pequeño corral y le gritaba a Lola.

 

-Lola. ¿Ha salido el perejil?

Y la Lola muy amable cuando oía aquella pregunta, le respondía.

 

– Ni ha salido ni saldrá.

 

Evidentemente que el perejil había salido y matas enormes de grandes, pero era una manera de preguntarle ya que no se hablaban si Lola había contado a alguien lo sucedido. Así que nunca volvieron a dirigirse la palabra pero jamás nadie supo nada de lo ocurrido.

 

Fin

 

Amigas hasta la muerte 2

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Lola ya con la mosca detrás de la oreja le dijo a Isabel que no se fiara de aquel individuo, no sabía hasta donde podía llegar para poseerla. Desgraciadamente la había tomado con ella.

Los hombres por aquella época de la siembra y a posterior la siega del arroz, se iban a trabajar por la noche, llegando a casa bien entrada la madrugada. Ismael llegaba cansado y exhausto, como en la siega del arroz suelta tantas virutas produciendo picores y varios arañazos en brazos y cara, Ismael se lavaba echándose después un ungüento para los picores acostándose sin apenas hacer ruido para no despertar a Isabel. Así noche tras noche durante varios meses.

Un buen día Ismael e Isabel cenaron como casi siempre antes de irse él a trabajar. Ella le contaba los chismes y sucesos que sucedían en el pueblo durante el día ya que él tenía que dormir para trabajar por la noche. Ella iba contándole mientras hacía un buen puchero de malta.  

Ismael atento a las palabras de su esposa, la miraba con cariño y siempre con una sonrisa en su rostro. No cabía duda de que aunque no gozaban de recursos económicos y las pocas cosas materiales que había en la casa,  eran igualmente muy felices.

Después de liarse con tabaco picado varios cigarrillos a la luz de la lumbre le dio un beso a Isabel y se marcho hacía la tarea del campo dejándola sola. Pero así eran los trabajos en el campo, duro y casi de sol a sol si querías ganar algunas monedas.

 

Una noche Isabel oyó abrirse la puerta entre sueños y pensó que era de madrugada y que el que se metía en la cama era su marido. Así ocurrió en sucesivas noches dando por sentado que el que le hacía el amor era su esposo.

Un día Ismael se levantó para comer con su esposa. Ella muy sonriente le miraba de reojo por las noches que le hacía pasar. Él con la sonrisa en la boca la veía risueña y feliz así que ninguno de los dos decía nada. Así pasaban los días.

Hasta que Isabel le hizo un comentario a su esposo y ahí entendió y comprendió lo que había estado pasando. El muy desgraciado se había atrevido a meterse en su cama. Temblando se fue a contárselo a su amiga, entre lloros y sofocos urdieron un plan para que le quedara claro que con ella no se jugaba de aquella vil manera. Isabel era de armas tomar cuando se enfadaba. Así que dicho y hecho.

 

Isabel se fue al mercado como casi todos los días. En una esquina de tantas se dio cuenta que el susodicho hombre la seguía. Ahí es cuando ella cayó en que ni trabajaba ni hacía nada en aquel pueblo tan solo molestarla a ella. Isabel en vez de adelantar el paso, esta vez  se encaminó con paso firme hacía donde estaba él.

 

-Esta noche te espero en mí casa, nada más se vaya mi marido entras. Le dijo muy segura de ella misma.

Continuará….

Amigas hasta la muerte 1

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Tal vez no sea cierta la historia de Isabel. Una mujer cariñosa, amable y risueña que tuvo la desgracia de encontrarse con una mala persona. Tal vez no cuente con el beneplácito de la gente al contar lo que le sucedió, y lo que se vio obligada hacer pero he aquí lo que vivió. Un percance que jamás supo nadie, un percance que ella y tan solo su mejor amiga se llevarían a la tumba.

 

Isabel estaba casada con Ismael. Trabajaba de sol a sol en el campo, pero no por ello ignorante. Sabía sumar, restar y también dividir. Era suficiente para que no le engañaran a la hora de pagarle el jornal. Recién casados se mudaron a la casa de su abuela tras fallecer esta y allí empezar una nueva vida, pared con pared a la de su amiga Lola también recién casada. Las casas del pueblo es de bien sabido que no las cerraban ya que nunca sucedía nada y eran todos conocidos, tan solo con cerrar la puerta ya era suficiente. El pueblo que empezaba a crecer tras la guerra e iban instalándose parejas recién casadas, había solteros con ganas de desposarse, así que después de la siega de arroz se daba una gran fiesta con el objetivo de conocerse y desposarse. Un día Isabel se cruzó con un hombre recién llegado al pueblo que también trabajaba en la temporada de cosecha del arroz o al menos eso creyó ella, entre piropos y demás adjetivos, Isabel sonrojada le hizo gracia y se metió en la casa olvidándolo de aquel hombre a la espera de que se levantara su marido para comer. Los días pasaron y las semanas y los meses, pero aquel visitante no hacía caso de las advertencias de Isabel. Casi todos los días las dos amigas se iban juntas a la compra, encontrándose con él.  Isabel empezaba a cogerle un poco de miedo ya que se estaba haciendo pesadas las palabras del visitante.

 

-Tengo que conseguirte quieras tú o no quieras.

-Tienes que ser mía. Le decía el pobre incauto.

 

Ella ya le había informado que era una mujer casada y que si continuaba diciéndole aquello, se lo contaría a su marido. Él sabría que hacer y decirle. Pero aquel hombre ni caso ya que continuaba en sus trece.

Continuará…

 
 
 

El amor de una madre.

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Imagen de Gustavo Pujalte
 
 
 

En su andadura por toda la casa, vio una figura moverse de una estancia a otra. Más allá de llamar a Felipe cogió un atizador de la chimenea y se fue para ver quien era el intruso que se había colado perturbando su sueño.

En esos momentos vio una mujer con un vestido blanco inmaculado, de cabellos rubios y una túnica azul cubría sus hombros. Quedó paralizada ya que ella esperaba a un hombre que tal vez quería robarles.

No pudo reaccionar, con lo que la mujer de cabellos rubios se acercó a petra y sin mediar palabra la arañó en toda su cara diciéndole que jamás volviera a ponerle una mano encima a Judit. Si vuelves a pegarle volveré y juro por Dios que no solo te arañaré.

Petra no era mujer que se dejaba intimidar, pero asustada y temblando se fue a su habitación. A la mañana siguiente Petra tenía su cara marcada con arañazos. No le dijo nada a Felipe de lo ocurrido, pero miraba a Judit y no se atrevía ni tan siquiera a acercarse a ella.

Esta malvada mujer jamás se atrevió a ponerle la mano encima a Judit.

Una vez más una madre hace todo cuanto esta en este Mundo y en cualquiera para proteger a su hija.

 

Fin

 

El amor de una madre II

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Imagen de Gustavo Pujalte

Un buen día, de tanto pedirle a su mama que la cuidara, desde el cielo, se le presento sentada al pie de su cama. ¡Mama!, ¡Mama! Gritaba la niña, con lágrimas en los ojos. Te he echado mucho de menos.

Y yo mí vida, y yo. ¿Que tienes ahí mí niña?-Son cardenales mami de las palizas que me da Petra. -Dijo la niña desconsolada.- yo soy buena mami, no le hago enfadar, pero me pega igualmente.

-No temas mí vida. Esa mujer nunca más te pegará. Te lo juro tesoro mío.

Pasaron los días y Petra seguía pegándole por cualquier cosa que Judit decía o hacía. Pero la niña ya más valiente le decía que algún día su mama bajaría del cielo y la arañaría para que no le pegara más. Más allá de asustarse por lo que Judit le decía todavía le pegaba más. El padre dejó de regañar a su hija y hacía como que no veía ni oía nada. Jamás defendió a su hija, como ella merecía.

Una noche se oían ruidos en la casa. Judit en su habitación dormía tranquila, bueno todo lo tranquila  que puede dormir una niña pequeña asustada por si la pegan otra vez. Felipe también dormía a pierna suelta, tan solo Petra se levantó a ver que eran esos ruidos que no la dejaban dormir.

 

Continuará…….

 

Caminemos juntos

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La huella que dejamos al andar sea para bien o para mal. Esa huella que ahora borra a su paso sin apenas importarle lo que está vivido y también lo que no. Se burla de nosotros el destino y juega como si de niños se tratara. Y pienso, tal vez sea esta vida solo eso, un juego. Y yo recuerdo, recuerdo porque puedo recordar. El amor que nos tuvimos, el cariño y amor que nos procesamos, la lealtad con nosotros mismos que nos unía cada día más. Las vivencias de nuestra vida. Y llega un día que uno de los dos ya no está y en esta historia soy yo la que me he quedado sin ti. Intento ser fuerte, revivir lo único que importa en realidad y me dejo llevar por el amor que sigo sintiendo. Y que la muerte no ha podido arrancar de mi corazón, por mucho que se empeñe. Recuerdos que se agolpan en mi mente y es lo único que me hace más llevadera tu ausencia. Intento retenerlos como si con ellos siguieras a mi lado, pero la realidad vuelve y tú no estás; y me niego a aceptar que tus manos ya no me acariciaran más, tus ojos no me miraran, tus labios no me besaran, no acariciaras nunca más mí cuerpo.

¿Acaso porque ya no estés he de dejar de quererte?

¿Quién dijo que con la muerte es el final del amor?

Y me dejo otra vez llevar por mis recuerdos y sonrío

recordándonos junto al Mar.

¡Mi mar!

¡Mi amado mar!

Que tantas y tantas cosas vivimos junto a él.

Dejándonos acariciar nuestra piel desnuda por el sol abrasador y

reconfortante a la vez.

Bañándonos con sus rayos nuestra piel morena parecíamos dioses.

Contemplábamos el horizonte, esa fina línea que une al cielo con el

mar, es un regalo para los ojos por su gran fuerza y grandeza.

¡Mi mar! Nuestro mar.

Cuando lo miro me hace perder la noción del tiempo. Seguimos andando abrazados sin soltarnos ni tan siquiera para respirar por miedo a que algo nos arrebate vivir esos momentos tan intensos de felicidad, el temor a que algo o alguien nos quite este inmenso amor que nos transforma en uno sólo. La fresca brisa que nos envuelve y nos transporta a otro mundo a otro espacio en el tiempo. Siempre pensamos envejecer juntos ¿recuerdas? Unidos como siempre ante viento y marea y frente a todas las adversidades. Sé que algún día vendrás a tenderme la mano. Pero mientras tanto, aquí estoy, yo sola, junto a mi mar, sin ti, recordando momentos vividos y lo que podríamos haber vivido todavía. Pero te fuiste. Dejando mi corazón hecho pedazos entre recuerdos, intentando descifrar la magnitud incomprensible de tu muerte, que es imposible de aceptar, haciéndome la fuerte, para seguir viviendo. Cuando en realidad lo que quiero y mi corazón desea es seguir estando contigo.

 

A. G.

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