Gracias amigos

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Tan solo con dos palabras puedo describir la experiencia en Madrid.

Fantástica y maravillosa. Amigos desde mí humilde blog. Gracias, me habéis hecho sentir una más y como en mí propia casa. Toni, Juani, Eduardo, Jorge, os quiero de corazón.

Ana Giner.

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El amor de una madre

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Era una familia prefecta. Felipe y Ángela adoraban a su única hija, Judit. Judit tenía adoración por sus papás.  Vivian en una casa grande llena de animales y muchas plantas, eran muy felices. Aunque no alardeaban de ninguna ostentación, era más de lo que ellos en un principio cuando se casaron pensaron obtener en la vida. Tal vez si Ángela no se hubiera enfermado la felicidad les hubiera sonreído para el resto de sus vidas. Pero no fue así y Ángela enfermó,  ya nada era igual todo cambió  para esta familia. Poco tiempo después se truncó dicha felicidad cuando Ángela murió dejando desolados a un padre solo y una hija pequeña. La niña estaba muy unida a su padre y así con la pena en su corazón por la pérdida de la su madre iba creciendo.

Un día Felipe conoció a una mujer, Petra. Poco tardo en casarse con esta mujer que le prometía cuidar a su hija como si fuera propia de ella y él la creyó.

Judit solo rezaba a su niño Jesús para que la cuidara y la quisiera mucho. También le pedía todas las noches a su mama que desde el cielo la protegiera de todo mal.

Un día rompió un plato al estar ayudando a ponerlos en la mesa para comer. Petra le dio tal paliza que los cardenales eran de cierta consideración. Sería  la primera de muchas palizas más. Judit intentaba decirle al padre lo que esta mujer le hacía,  pero apenas estaba en la casa y cuando volvía del trabajo solo hablaba con Petra. Ella le contaba mentiras que Judit hacia y él aun no dando crédito a esta malvada mujer, regañaba a su pequeña.

Había comenzado un círculo en el que Judit había dejado de ser la niña de su padre para convertirse en la hijastra de los dos.
 
Continuará.
 
Ana G.

El amor de los animales

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Fotografía de Hachikō a avanzada edad

 

Hachikō, a veces conocido en japonés como 忠犬ハチ公 (Hachikō, el perro fiel), era un perro de raza Akita nacido en noviembre de 1923 en la ciudad de Odate (Prefectura de Akita, Japón). En 1924 fue trasladado a Tokio por su amo, Eisaburō Ueno, un profesor del departamento de agricultura de la Universidad de Tokio. El perro le saludaba cada día desde la puerta principal y le despedía al final del día en la cercana estación de Shibuya. Incluso tras la muerte de Ueno en mayo de 1925, Hachikō volvió cada día a la estación a esperarle, y lo hizo durante los diez años que transcurrieron hasta su propia muerte.

 

La devoción que Hachikō sentía hacia su amo fallecido conmovió a los que le rodeaban, que le apodaron el perro fiel. En abril de 1934, una estatua de bronce fue erigida en su honor en la estación de Shibuya, y el propio Hachikō estuvo presente el día que se presentó la estatua. La estatua fue reutilizada a causa de la Segunda Guerra Mundial, pero se erigió otra estatua en agosto de 1947, que aún permanece y es un lugar de encuentro extremadamente popular, tanto que en ocasiones la aglomeración de gente dificulta el encuentro. También hay una estatua similar en Odate, delante de la estación de Odate, y también se encuentra otra estatua del perro y su amo en el parque de Ueno.

 

Hachikō murió de filariasis en marzo de 1935. Sus restos disecados se encuentran en el Museo de Ciencias Naturales de Ueno (Tokio).

 

Hachikō es el protagonista de la película de 1987 Hachikō monogatari.

 

 

 

Salvó a 5000 personas del holocausto

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Ha sido para mí un gran orgullo y una satisfacción conocer la vida de Sanz Briz. Nunca se habló de él y nunca pretendió ponerse ninguna medalla, no quiso ser protagonista de nada, aun salvando a 5.000 judíos de una muerte segura. Ni una sóla letra de lo que aquí se relata tiene desperdicio.

Esta es su historía.

 

 La Lista de Sanz-Briz

Procedente de una familia de comerciantes y militares, Sanz Briz concluyó sus estudios poco antes de iniciarse la Guerra Civil española y, comenzada ésta, se enroló de voluntario en las tropas rebeldes del General Franco como conductor de camiones del Cuerpo de Ejército Marroquí.

En 1939  fue destinado como encargado de negocios en El Cairo, hasta que en 1943, fue trasladado a la legación española en Budapest. Desde su puesto puso en práctica todo tipo de estratagemas que consiguieron que miles de judíos escaparan de una muerte segura a manos de los nazis.

Como primera medida logró convencer a las autoridades húngaras para que aceptaran su protección sobre doscientos judíos de origen sefardí, a los que el Gobierno del General Franco reconoció su derecho a la nacionalidad española. "Después -relata el propio Sanz Briz a Federico Ysart en su libro España y los judíos-, la labor fue relativamente fácil. Las 200 unidades que me habían sido concedidas las convertí en 200 familias; y las doscientas familias se multiplicaron indefinidamente con el simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno a favor de los judíos que llevase un número superior al 200".

"Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Jozsef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española. La legación de España ha sido autorizada a extenderle un visado de entrada en España antes de que se concluyan los trámites que dicha solicitud debe seguir."

Este documento falso, fechado en Budapest el 14 de noviembre de 1944, salvó la vida del citado Mannheim. Como él, otros 5.200 judíos húngaros, que habrían sido deportados a campos de concentración por las tropas invasoras nazis en colaboración con el Gobierno fascista de Ferenc Szálasi.

El firmante del documento, Ángel Sanz-Briz, que tenía entonces 32 años, era el jefe de la legación española en Budapest, adonde había llegado como encargado de negocios dos años antes.

El joven diplomático español, bajo las órdenes de su Gobierno y con la ayuda de un amigo, el italiano Jorge Perlasca, emitió salvoconductos a todos estos judíos alegando que eran sefarditas.

Mientras los salvoconductos, los trágicamente famosos «Schutzbriefe», eran tramitados por las autoridades húngaras, Sanz-Briz albergó a los judíos en once casas alquiladas.

Les dio techo, comida y atención médica hasta que pudieran salir del país. Para «blindar» estos edificios de las garras nazis, el diplomático español colocó un cartel que rezaba: «Anejo a la legación española».

Así, desde marzo de 1944, cuando las unidades de las «SS» hitlerianas entraron en Hungría para acabar con «elementos subversivos y judíos», y hasta diciembre de ese mismo año, cuando el Gobierno español le ordenó abandonar el país, Sanz-Briz arriesgó continuamente su vida, pues sólo 200 de esos 5.200 judíos eran realmente de origen español.

Con motivo del 50 aniversario del Holocausto, en 1995, el Gobierno húngaro rindió homenaje a la labor del funcionario español, descubriendo una placa colocada en uno de los edificios que sirvieron de albergue y refugio a los judíos. Al acto asistieron el entonces ministro de Asuntos Exteriores español, Javier Solana, y la viuda de Sanz-Briz, Adela Quijano.

«Budapest era una ciudad maravillosa, una de las más elegantes de Europa», dijo la viuda del diplomático, que vive en Madrid. «Poco podíamos imaginar -añadió- los horrores que iban a ocurrir más tarde».

Adela Quijano abandonó Budapest a principios del año 1944, poco después de dar a luz a Adela, la mayor de sus cinco hijos. Sanz-Briz permaneció allí solo, «porque era su obligación», afirmó la viuda.

Aunque bastante desconocido en España, Sanz-Briz trabajó en colaboración con el diplomático sueco Raúl Wallenberg, al que se atribuye la salvación de unos 40.000 judíos húngaros.

Wallenberg, que entonces tenía apenas 30 años, consiguió convencer al Ministerio de Asuntos Exteriores sueco para que lo enviasen a Budapest con la sola misión de salvar judíos.

Hecho prisionero por las tropas soviéticas que tomaron Hungría a principios de 1945, se cree que Wallenberg murió en una prisión de la URSS después de la guerra.

«Si Sanz-Briz tuviera un nombre anglosajón, seguro que gozaría de mayor reconocimiento», se lamenta un diplomático español, que pone el ejemplo del católico alemán Oskar Schindler, el aventurero que salvó a 1.200 judíos de la cámara de gas, convenciendo a las autoridades alemanas de que los necesitaba para trabajar en su fábrica.

La historia de Schindler fue llevada al cine por el director norteamericano Steven Spielberg, lo que ha dado a conocer el nombre del industrial alemán por todo el mundo.

A falta de un Spielberg que catapulte el nombre de Sanz-Briz, muchos españoles desconocen también que su compatriota, al igual que Schindler o que Wallenberg, goza del título de «Justo de la Humanidad», otorgado por el Gobierno de Israel.

La mayoría de los españoles puede desconocer también que el zaragozano Sanz-Briz figura, junto a Schindler y Wallenberg, en el museo Yad Vashem de Jerusalén, donde se honra la memoria de los seis millones de judíos europeos asesinados por los nazis y sus colaboradores durante el III Reich.

Algunos pueden preguntarse qué significan los 1.200 de Schindler, los 5.200 de Sanz-Briz o los 40.000 de Wallenberg entre los 600.000 judíos húngaros que fueron asesinados por los nazis, o esos seis millones de europeos. La respuesta, quizá, la da una sola línea del Talmud: «Quien salva la vida de un hombre, salva al mundo entero».


Un español frente al holocausto. Así salvó Ángel Sanz Briz a 5.000 judíos.

Autor: Diego Carcedo

El periodista Diego Carcedo ha querido rescatar del olvido al que fuera un joven diplomático español en Hungría durante la II Guerra Mundial y que con "su  coraje y valentía" salvó la vida de varios miles de judíos. Ángel Sanz Briz, testigo horrorizado del Holocausto, no se quedó como mero espectador ante la barbarie y se esforzó, alegando todos los recursos legales y diplomáticos a su alcance e incluso pagando salvoconductos de su propio bolsillo, en defender el derecho a la vida. Su gesta le ha llevado a ser reconocido ‘Justo de la Humanidad’ por el Parlamento de Israel en 1991 y su nombre figura en una lista de honor junto a los de otros héroes como el alemán Schindler, cuya historia llevó a la gran pantalla Steven Spielberg.

Las primeras palabras que Diego Carcedo pronunció durante la presentación del libro fueron para comparar "el odio racial" que practicaron los nazis con el que la banda terrorista ETA ha demostrado una vez más con su reciente y detestable atentado. "Un sufrimiento acumulado" que aflige a la humanidad, pero que también hace relucir la calidad humana y la heroicidad de algunos sujetos. Tal fue el caso de Ángel Sanz Briz, joven diplomático de la España franquista destinado a Hungría durante la II Guerra Mundial y cuyos familiares estuvieron presentes en esta especie de homenaje que este escritor y periodista, con una larga trayectoria en RTVE, ha querido brindarle.

Durante el año 1944, el que después sería embajador español en seis países diferentes arriesgó su futuro profesional y su propia vida para rescatar de la barbarie a cuantos judíos pudo. En una Budapest bombardeada constantemente, dividida por la ocupación nazi y la del Ejército Rojo, Ángel Sanz Briz utilizó todos los recursos posibles, en su calidad de representante del Estado español, para evitar que miles de personas fueran conducidas a los campos de concentración de Auschwitz y Brikenau. Incluso llegó a alegar un Real Decreto de 1924 dictado por el general Primo de Rivera, por el que todos los descendientes de los sefardíes expulsados de España por los Reyes Católicos tenían derecho a pasaporte español. Una "faceta curiosa" de su modo de actuar, como también resulta admirable que, acercándose el término de la contienda, el Gobierno le ordenara regresar a su país de origen y él permaneciera al menos tres semanas más en Hungría tratando de evitar que ningún judío más subiera a esos trenes con destino directo a la muerte.

Para relatar estos hechos, Carcedo ha entrevistado a algunos de los supervivientes, los mismos que hace unos años firmaron su declaración de lo sucedido ante la comisión israelí que en 1991 le otorgó el título de ‘Justo de la Humanidad’. El escritor también afirma poseer la lista completa de los ciudadanos que Sanz Briz salvó, aunque esta no ha sido incluída en el libro.

La Muñeca

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La Muñeca

Era un  día como otros tantos y las gentes como de costumbre salían a dar su paseo.

Las señoritas de la alta sociedad paseaban bajo sus sombrillas para evitar las quemaduras del sol, otras subidas a sus carruajes hacían sus reverencias a los caballeros para darles las buenas tardes.

Y una niña con cabellos rubios miraba con afán el escaparate de una tienda.

¡Señor! ¡Señor! ¡Por favor déme una limosna para poder comprarme esa muñeca!

¡Quitate niña de mi camino me estorbas!

¡Vete pordiosera!

¡Señora déme una limosna por favor que quiero esa muñeca!

¡Por Dios lo que me pide esta niña dinero para una muñeca!

¡Que horror! ¡Vete pordiosera!

Transcurren los días como tantos otros sin conseguir el deseo de la niña.

Todos los que pasan se quedan mirando a la niña,

¡Pobrecita, no tendrá casa, no tendrá familia!

Murmuraba la gente sin darse cuenta del deseo de la niña.

Una tarde quedándose agotada la niña, pasó un caballero y mirando a la niña le preguntó.

¿Por qué lloras niña bonita?

La niña se puso de pie al escuchar la voz suave del buen hombre.

¡Señor perdone si le ofendo con mis palabras, pero quiero esa muñeca y no tengo dinero para comprarla!

¿Tanto te gusta?

¡OH! ¡Si señor es muy bonita y nunca he tenido ninguna!.

¡Pues toma cómprala y deja de llorar que eres muy linda!

Desesperada entra en la tienda y se compra su muñeca.

Al salir

¡OH! ¡Si se ha marchado!

Queda contemplando a la muñeca y se le abrazó como si quisiera encontrar calor con ella.

A la mañana siguiente en el periódico más importante de Nueva York

Salían en rótulos grandes esta noticia.

Ayer se encontró el cadáver de una niña al ladito del quicio de una puerta abrazada a su muñeca.

 

Ana G.

Persecución

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Persecución

 

Salí como cada noche para coger el transporte que me llevaría a casa.

Me percate de que un hombre iba detrás de mí. La cabeza empezó a hacer de las suyas y estaba poniéndome de los nervios pensando toda clase de cosas. Al mismo tiempo que yo aceleraba el paso él también lo hacia. Giré sobre mí un poco desafiante y lo único que vi fue oscuridad, una oscuridad provocada por el apagón de las farolas de la calle.

Me detuve un momento encendí un cigarrillo con la esperanza de que él continuara andando y que todo quedara en un susto producto de mi miedo, pero no fue así, se paró él también.

Un sudor frío recorrió todo mi cuerpo, empezaron mis piernas a temblar y esa sensación me produjo asfixia. Hacia mucho tiempo atrás había tenido ataques de pánico y aquella sensación que sentía en aquel momento se parecía mucho.

Puse mi mano en el bolso para intentar a pesar de mi temblor sacar un spray protector de defensa personal cuando al girarme decidida para intimidarlo pronunció mí nombre como si él me conociera.

Quede inmóvil.

¿Quien eres?

¿Que quieres? – le pregunte.

.-Soy yo, no te asustes por favor.

Se acerco con paso firme hacia mi y antes de darme cuenta sus labios se posaron en los míos,

en aquel momento supe quien era.

 

A.G.

¡¡¡¡La Paión si durara!!!!

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