Lola ya con la mosca detrás de la oreja le dijo a Isabel que no se fiara de aquel individuo, no sabía hasta donde podía llegar para poseerla. Desgraciadamente la había tomado con ella.

Los hombres por aquella época de la siembra y a posterior la siega del arroz, se iban a trabajar por la noche, llegando a casa bien entrada la madrugada. Ismael llegaba cansado y exhausto, como en la siega del arroz suelta tantas virutas produciendo picores y varios arañazos en brazos y cara, Ismael se lavaba echándose después un ungüento para los picores acostándose sin apenas hacer ruido para no despertar a Isabel. Así noche tras noche durante varios meses.

Un buen día Ismael e Isabel cenaron como casi siempre antes de irse él a trabajar. Ella le contaba los chismes y sucesos que sucedían en el pueblo durante el día ya que él tenía que dormir para trabajar por la noche. Ella iba contándole mientras hacía un buen puchero de malta.  

Ismael atento a las palabras de su esposa, la miraba con cariño y siempre con una sonrisa en su rostro. No cabía duda de que aunque no gozaban de recursos económicos y las pocas cosas materiales que había en la casa,  eran igualmente muy felices.

Después de liarse con tabaco picado varios cigarrillos a la luz de la lumbre le dio un beso a Isabel y se marcho hacía la tarea del campo dejándola sola. Pero así eran los trabajos en el campo, duro y casi de sol a sol si querías ganar algunas monedas.

 

Una noche Isabel oyó abrirse la puerta entre sueños y pensó que era de madrugada y que el que se metía en la cama era su marido. Así ocurrió en sucesivas noches dando por sentado que el que le hacía el amor era su esposo.

Un día Ismael se levantó para comer con su esposa. Ella muy sonriente le miraba de reojo por las noches que le hacía pasar. Él con la sonrisa en la boca la veía risueña y feliz así que ninguno de los dos decía nada. Así pasaban los días.

Hasta que Isabel le hizo un comentario a su esposo y ahí entendió y comprendió lo que había estado pasando. El muy desgraciado se había atrevido a meterse en su cama. Temblando se fue a contárselo a su amiga, entre lloros y sofocos urdieron un plan para que le quedara claro que con ella no se jugaba de aquella vil manera. Isabel era de armas tomar cuando se enfadaba. Así que dicho y hecho.

 

Isabel se fue al mercado como casi todos los días. En una esquina de tantas se dio cuenta que el susodicho hombre la seguía. Ahí es cuando ella cayó en que ni trabajaba ni hacía nada en aquel pueblo tan solo molestarla a ella. Isabel en vez de adelantar el paso, esta vez  se encaminó con paso firme hacía donde estaba él.

 

-Esta noche te espero en mí casa, nada más se vaya mi marido entras. Le dijo muy segura de ella misma.

Continuará….

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