Capítulo 3

Está bien –dijo él– disculpa. No tengo derecho a pedirte nada. Te amo tanto, tanto.

Elizabeth se levantó, le besó en la mejilla y con lágrimas en los ojos, tal como vino, se marchó. Él hizo un ademán de llamarla, pero se reprimió, se percató que también tenía los ojos llorosos, la quería tanto y tenía que dejarla ir ¿Por qué? ¿Por qué ella era así? Se preguntó. Anteponía su libertad a su amor, sabía que ella le amaba como a nadie pero era tan, tan independiente y testaruda, que no se atrevió a insistir.

Pensativa, Elizabeth anduvo por las calles de la ciudad sin saber adónde ir ni qué hacer. Tras mucho pensar, llorar y dar vueltas por la ciudad, encontró la respuesta, supo que la elección le cambiaría toda la vida pero contenta y feliz pensó en llevarla a cabo. Fue una de las decisiones más importantes que tuvo que tomar en toda su existencia. Absorta en sus recuerdos, mirando aquel baúl no cayó en la cuenta de que una voz la llamaba.

– ¡Mamá!

– ¡Mamá! –insistió la voz –.

Elizabeth guardó las fotografías y los recortes. Lo depositó todo en

una cajita dentro del baúl y cerró con llave. Aquello queda atrás. Su rostro se iluminó y sonrió cuando su hija por detrás le dio un beso.

–Mamá, estoy llamándote hace rato. La cena está servida.

Fin