Ha sido para mí un gran orgullo y una satisfacción conocer la vida de Sanz Briz. Nunca se habló de él y nunca pretendió ponerse ninguna medalla, no quiso ser protagonista de nada, aun salvando a 5.000 judíos de una muerte segura. Ni una sóla letra de lo que aquí se relata tiene desperdicio.

Esta es su historía.

 

 La Lista de Sanz-Briz

Procedente de una familia de comerciantes y militares, Sanz Briz concluyó sus estudios poco antes de iniciarse la Guerra Civil española y, comenzada ésta, se enroló de voluntario en las tropas rebeldes del General Franco como conductor de camiones del Cuerpo de Ejército Marroquí.

En 1939  fue destinado como encargado de negocios en El Cairo, hasta que en 1943, fue trasladado a la legación española en Budapest. Desde su puesto puso en práctica todo tipo de estratagemas que consiguieron que miles de judíos escaparan de una muerte segura a manos de los nazis.

Como primera medida logró convencer a las autoridades húngaras para que aceptaran su protección sobre doscientos judíos de origen sefardí, a los que el Gobierno del General Franco reconoció su derecho a la nacionalidad española. "Después -relata el propio Sanz Briz a Federico Ysart en su libro España y los judíos-, la labor fue relativamente fácil. Las 200 unidades que me habían sido concedidas las convertí en 200 familias; y las doscientas familias se multiplicaron indefinidamente con el simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno a favor de los judíos que llevase un número superior al 200".

"Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Jozsef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española. La legación de España ha sido autorizada a extenderle un visado de entrada en España antes de que se concluyan los trámites que dicha solicitud debe seguir."

Este documento falso, fechado en Budapest el 14 de noviembre de 1944, salvó la vida del citado Mannheim. Como él, otros 5.200 judíos húngaros, que habrían sido deportados a campos de concentración por las tropas invasoras nazis en colaboración con el Gobierno fascista de Ferenc Szálasi.

El firmante del documento, Ángel Sanz-Briz, que tenía entonces 32 años, era el jefe de la legación española en Budapest, adonde había llegado como encargado de negocios dos años antes.

El joven diplomático español, bajo las órdenes de su Gobierno y con la ayuda de un amigo, el italiano Jorge Perlasca, emitió salvoconductos a todos estos judíos alegando que eran sefarditas.

Mientras los salvoconductos, los trágicamente famosos «Schutzbriefe», eran tramitados por las autoridades húngaras, Sanz-Briz albergó a los judíos en once casas alquiladas.

Les dio techo, comida y atención médica hasta que pudieran salir del país. Para «blindar» estos edificios de las garras nazis, el diplomático español colocó un cartel que rezaba: «Anejo a la legación española».

Así, desde marzo de 1944, cuando las unidades de las «SS» hitlerianas entraron en Hungría para acabar con «elementos subversivos y judíos», y hasta diciembre de ese mismo año, cuando el Gobierno español le ordenó abandonar el país, Sanz-Briz arriesgó continuamente su vida, pues sólo 200 de esos 5.200 judíos eran realmente de origen español.

Con motivo del 50 aniversario del Holocausto, en 1995, el Gobierno húngaro rindió homenaje a la labor del funcionario español, descubriendo una placa colocada en uno de los edificios que sirvieron de albergue y refugio a los judíos. Al acto asistieron el entonces ministro de Asuntos Exteriores español, Javier Solana, y la viuda de Sanz-Briz, Adela Quijano.

«Budapest era una ciudad maravillosa, una de las más elegantes de Europa», dijo la viuda del diplomático, que vive en Madrid. «Poco podíamos imaginar -añadió- los horrores que iban a ocurrir más tarde».

Adela Quijano abandonó Budapest a principios del año 1944, poco después de dar a luz a Adela, la mayor de sus cinco hijos. Sanz-Briz permaneció allí solo, «porque era su obligación», afirmó la viuda.

Aunque bastante desconocido en España, Sanz-Briz trabajó en colaboración con el diplomático sueco Raúl Wallenberg, al que se atribuye la salvación de unos 40.000 judíos húngaros.

Wallenberg, que entonces tenía apenas 30 años, consiguió convencer al Ministerio de Asuntos Exteriores sueco para que lo enviasen a Budapest con la sola misión de salvar judíos.

Hecho prisionero por las tropas soviéticas que tomaron Hungría a principios de 1945, se cree que Wallenberg murió en una prisión de la URSS después de la guerra.

«Si Sanz-Briz tuviera un nombre anglosajón, seguro que gozaría de mayor reconocimiento», se lamenta un diplomático español, que pone el ejemplo del católico alemán Oskar Schindler, el aventurero que salvó a 1.200 judíos de la cámara de gas, convenciendo a las autoridades alemanas de que los necesitaba para trabajar en su fábrica.

La historia de Schindler fue llevada al cine por el director norteamericano Steven Spielberg, lo que ha dado a conocer el nombre del industrial alemán por todo el mundo.

A falta de un Spielberg que catapulte el nombre de Sanz-Briz, muchos españoles desconocen también que su compatriota, al igual que Schindler o que Wallenberg, goza del título de «Justo de la Humanidad», otorgado por el Gobierno de Israel.

La mayoría de los españoles puede desconocer también que el zaragozano Sanz-Briz figura, junto a Schindler y Wallenberg, en el museo Yad Vashem de Jerusalén, donde se honra la memoria de los seis millones de judíos europeos asesinados por los nazis y sus colaboradores durante el III Reich.

Algunos pueden preguntarse qué significan los 1.200 de Schindler, los 5.200 de Sanz-Briz o los 40.000 de Wallenberg entre los 600.000 judíos húngaros que fueron asesinados por los nazis, o esos seis millones de europeos. La respuesta, quizá, la da una sola línea del Talmud: «Quien salva la vida de un hombre, salva al mundo entero».


Un español frente al holocausto. Así salvó Ángel Sanz Briz a 5.000 judíos.

Autor: Diego Carcedo

El periodista Diego Carcedo ha querido rescatar del olvido al que fuera un joven diplomático español en Hungría durante la II Guerra Mundial y que con "su  coraje y valentía" salvó la vida de varios miles de judíos. Ángel Sanz Briz, testigo horrorizado del Holocausto, no se quedó como mero espectador ante la barbarie y se esforzó, alegando todos los recursos legales y diplomáticos a su alcance e incluso pagando salvoconductos de su propio bolsillo, en defender el derecho a la vida. Su gesta le ha llevado a ser reconocido ‘Justo de la Humanidad’ por el Parlamento de Israel en 1991 y su nombre figura en una lista de honor junto a los de otros héroes como el alemán Schindler, cuya historia llevó a la gran pantalla Steven Spielberg.

Las primeras palabras que Diego Carcedo pronunció durante la presentación del libro fueron para comparar "el odio racial" que practicaron los nazis con el que la banda terrorista ETA ha demostrado una vez más con su reciente y detestable atentado. "Un sufrimiento acumulado" que aflige a la humanidad, pero que también hace relucir la calidad humana y la heroicidad de algunos sujetos. Tal fue el caso de Ángel Sanz Briz, joven diplomático de la España franquista destinado a Hungría durante la II Guerra Mundial y cuyos familiares estuvieron presentes en esta especie de homenaje que este escritor y periodista, con una larga trayectoria en RTVE, ha querido brindarle.

Durante el año 1944, el que después sería embajador español en seis países diferentes arriesgó su futuro profesional y su propia vida para rescatar de la barbarie a cuantos judíos pudo. En una Budapest bombardeada constantemente, dividida por la ocupación nazi y la del Ejército Rojo, Ángel Sanz Briz utilizó todos los recursos posibles, en su calidad de representante del Estado español, para evitar que miles de personas fueran conducidas a los campos de concentración de Auschwitz y Brikenau. Incluso llegó a alegar un Real Decreto de 1924 dictado por el general Primo de Rivera, por el que todos los descendientes de los sefardíes expulsados de España por los Reyes Católicos tenían derecho a pasaporte español. Una "faceta curiosa" de su modo de actuar, como también resulta admirable que, acercándose el término de la contienda, el Gobierno le ordenara regresar a su país de origen y él permaneciera al menos tres semanas más en Hungría tratando de evitar que ningún judío más subiera a esos trenes con destino directo a la muerte.

Para relatar estos hechos, Carcedo ha entrevistado a algunos de los supervivientes, los mismos que hace unos años firmaron su declaración de lo sucedido ante la comisión israelí que en 1991 le otorgó el título de ‘Justo de la Humanidad’. El escritor también afirma poseer la lista completa de los ciudadanos que Sanz Briz salvó, aunque esta no ha sido incluída en el libro.