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La Muñeca

Era un  día como otros tantos y las gentes como de costumbre salían a dar su paseo.

Las señoritas de la alta sociedad paseaban bajo sus sombrillas para evitar las quemaduras del sol, otras subidas a sus carruajes hacían sus reverencias a los caballeros para darles las buenas tardes.

Y una niña con cabellos rubios miraba con afán el escaparate de una tienda.

¡Señor! ¡Señor! ¡Por favor déme una limosna para poder comprarme esa muñeca!

¡Quitate niña de mi camino me estorbas!

¡Vete pordiosera!

¡Señora déme una limosna por favor que quiero esa muñeca!

¡Por Dios lo que me pide esta niña dinero para una muñeca!

¡Que horror! ¡Vete pordiosera!

Transcurren los días como tantos otros sin conseguir el deseo de la niña.

Todos los que pasan se quedan mirando a la niña,

¡Pobrecita, no tendrá casa, no tendrá familia!

Murmuraba la gente sin darse cuenta del deseo de la niña.

Una tarde quedándose agotada la niña, pasó un caballero y mirando a la niña le preguntó.

¿Por qué lloras niña bonita?

La niña se puso de pie al escuchar la voz suave del buen hombre.

¡Señor perdone si le ofendo con mis palabras, pero quiero esa muñeca y no tengo dinero para comprarla!

¿Tanto te gusta?

¡OH! ¡Si señor es muy bonita y nunca he tenido ninguna!.

¡Pues toma cómprala y deja de llorar que eres muy linda!

Desesperada entra en la tienda y se compra su muñeca.

Al salir

¡OH! ¡Si se ha marchado!

Queda contemplando a la muñeca y se le abrazó como si quisiera encontrar calor con ella.

A la mañana siguiente en el periódico más importante de Nueva York

Salían en rótulos grandes esta noticia.

Ayer se encontró el cadáver de una niña al ladito del quicio de una puerta abrazada a su muñeca.

 

Ana G.